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Hasta la madre… patria

Por: Argonauta

Entre acusaciones de asesorías fantasmas y reclamos coloniales, la relación México-España vuele a ser pretexto de la derecha española para criticar a México.

El reciente choque entre la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, y la mandataria mexicana, Claudia Sheinbaum, ha alcanzado un nuevo nivel de estridencia. La acusación de Sheinbaum sobre una supuesta asesoría de Felipe Calderón a la líder madrileña no es solo un dardo político; es una maniobra estratégica para vincular a la oposición interna con un “neocolonialismo” intelectual extranjero. Por su parte, la respuesta de Ayuso, negando vínculos y criticando la inseguridad en México, devuelve el golpe al señalar que el gobierno mexicano utiliza el “espejo retrovisor” de la Conquista para evitar rendir cuentas sobre los problemas actuales del país.

Esta disputa revela una profunda simbiosis ideológica que trasciende el Atlántico. Felipe Calderón, instalado en Madrid bajo el ala de la fundación de José María Aznar, se ha convertido en el nexo simbólico de una derecha que busca presentar un frente unido contra el eje progresista latinoamericano. Aunque Ayuso niegue la asesoría formal, la sintonía en el discurso es innegable: ambos defienden una visión de la “Hispanidad” que choca frontalmente con la narrativa de reivindicación indígena de la administración mexicana. Lo que vemos no es diplomacia, sino una exportación de la polarización política española a suelo mexicano y viceversa.

Desde la perspectiva legal, el fantasma del Artículo 33 constitucional siempre sobrevuela estas discusiones. La ley mexicana es clara: los extranjeros no deben inmiscuirse en la política nacional. No obstante, en un mundo globalizado, la frontera entre la “opinión internacional” y la “intromisión” es cada vez más borrosa. Al acusar a Ayuso de tener a Calderón como asesor, Sheinbaum no solo busca descalificar a la madrileña, sino también enviar un mensaje de advertencia sobre la influencia externa en los asuntos de México, reforzando la narrativa de que la derecha mexicana necesita “permiso” o “asesoría” desde la madre patria.

La historia debería ser un espacio de reflexión y aprendizaje, no una cantera de piedras para lanzar al adversario de turno. Es hora de que la diplomacia recupere su papel y deje de ser un discurso político para ganar likes desde sus burbujas ideológicas. A construir relaciones de iguales y puentes de cooperación dignos del siglo XXI.

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