Parques como Corpus Christi y la Plaza Cívica Aguascalientes han sido enrejados tras remodelaciones recientes, dividiendo a vecinos y expertos.
El parque Corpus Christi, en la colonia Guadalupe Tepeyac, es uno de los ejemplos más recientes de una tendencia que avanza en la Ciudad de México: el enrejamiento de espacios públicos. Tras su remodelación este año, el parque pasó de ser un lugar de libre acceso a tener puertas con horarios definidos, prohibición de entrada a bicicletas y mascotas. Del otro lado de la avenida Noé, la segunda sección del mismo parque opera con reglas similares, aunque sí permite el paso de bicis y perros. Otros espacios como la Plaza Cívica Aguascalientes, en la alcaldía Venustiano Carranza, también fueron cercados; en contraste, el Jardín Pushkin, en la Cuauhtémoc, se salvó de ese destino gracias a la presión vecinal.
La medida genera posiciones encontradas entre los habitantes. Vecinos de la tercera edad defienden las rejas argumentando que los parques eran focos de inseguridad por la presencia de personas en situación de calle. Otros residentes cuestionan el fondo de la decisión y se preguntan qué queda de lo público en un espacio con candados y horarios.
Para Jerónimo Monroy, de la organización Exploradores de la Ciudad, el enrejamiento tiene consecuencias concretas sobre el derecho a la ciudad. Quienes trabajan largas jornadas y tardan horas en regresar a casa llegan cuando los parques ya cerraron, quedando excluidos del acceso a un ambiente sano y al disfrute del espacio urbano. Desde esa perspectiva, su organización desarrolla la iniciativa Hackeando la ciudad: por el derecho al juego en México, que mapea parques y plazas con restricciones al juego infantil, como la plaza Carlos Pacheco en el Centro Histórico, donde un letrero prohíbe jugar a la pelota.















