El arquitecto modernista atropellado por un tranvía en 1926 y confundido con un indigente, cuya obra cumbre, la Sagrada Familia, instaló en 2026 su último elemento estructural tras 144 años de construcción.
El 10 de junio de 1926, Antoni Gaudí murió en un hospital de Barcelona a los 73 años, tres días después de ser atropellado por un tranvía sin que nadie le prestara auxilio durante horas por ser confundido con un vagabundo. Así lo relataba La Vanguardia al día siguiente: “Nadie pudo sospechar que el atropellado fuese el arquitecto más grande de nuestros tiempos.” Su cuerpo fue trasladado por los propios obreros de la Sagrada Familia al lecho mortuorio, y luego sepultado en una de las criptas de la basílica que no alcanzó a concluir.
Un siglo después, el legado del máximo exponente de la arquitectura modernista catalana convoca a miles de visitantes en Barcelona. Siete de sus obras han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, entre ellas la Casa Vicens —expresión de sus inicios—, el Parque Güell, la Casa Batlló y la Sagrada Familia, monumento que sintetiza su fervor religioso y su ambición creativa.
La basílica, que cumple 144 años en construcción, vive en 2026 un hito significativo: la colocación de su último elemento estructural, aunque aún restan años para su conclusión definitiva. El centenario de la muerte de Gaudí convierte este año en una fecha especial para una ciudad que lo enterró entre lamentos y hoy lo celebra como símbolo universal.















