Stephen Miller, subjefe de gabinete de la Casa Blanca, se ha consolidado como una de las figuras más influyentes del gobierno de Donald Trump, al grado de que dentro del propio aparato federal algunos lo llaman “el primer ministro”. Su cercanía con el presidente y su papel como vocero de las posturas más radicales lo colocan en el centro de las decisiones estratégicas del actual mandato.
Conocido como el principal arquitecto de la política antimigrante, Miller impulsa una agenda que va más allá del control fronterizo. Versiones periodísticas señalan que participa en discusiones sobre una posible nueva “guerra contra las drogas”, que incluiría ataques contra cárteles en territorio mexicano, idea que no ha sido desmentida ni por él ni por el presidente. En declaraciones públicas, ha minimizado el valor del derecho internacional y defendido el uso del poder como principal herramienta de política exterior.
Durante el primer mandato de Trump, Miller fue responsable de medidas extremas como la separación forzada de miles de niños migrantes de sus padres. Para este segundo periodo, promueve deportaciones masivas, la eliminación de programas de protección, la restricción de visas, el debilitamiento del derecho de asilo y cuestionamientos a la ciudadanía por nacimiento. Su perfil ideológico contrasta con su origen familiar: es hijo de inmigrantes y descendiente de judíos que llegaron a Estados Unidos huyendo de la persecución y la pobreza en Europa del Este.















